No vale. Otra vez. Nunca aprenderé. La tele m´ha pillao desprevenía y un anuncio ha vuelto a dejar a la neurona toa loca. Algunos anuncios deberían llevar la leyenda de “estos mensajes pueden herir su sensibilidad” Conmigo no podrán porque soy fuerte y, además, tengo lavaplatos. Es que acabo de ver al anuncio del nuevo fairy. Su fórmula, como siempre nueva y mejorada, ahora puede lavar HASTA DIEZ MIL PLATOS (y lo han comprobado en Villaenmedio)
Que Dios me libre de dudar ni por un solo momento de la capacidad limpiadora del fairy, es más, juro que jamás entrará dentro de mis aspiraciones el intentar comprobarlo. Que si hay que creérselo, pues se cree. Que ni tres mil, ni cinco mil, que ahora son diez mil, p’os fale. Pero yo, ni que me lo regalen quiero un bote de fairy. Que podrá ser todo lo bueno que quieran, el mejor del mundo, vale, ni me molesto en dudarlo. Pero sólo de imaginarme ver en mi cocina una botella de fairy vacía me pega tal depresión que cualquier alfombra estaría a más altura que mi ánimo. Déjate, vaya yuyo. Yo con un bote de cuchufruto verde que hace espuma voy que me mato. Y cuando se acaba no pienso si he fregado trescientos, quinientos o novecientos platos. ¡DIEZ MIL! ¡Por Dios, qué horror!
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