Andaba yo el otro día por la calle, tralarí, tralará, y me crucé con un chaval, bueno, que tampoco era un chiquillo. Estaba sentado en la calle, con su flamante nueva guitarra (fijo que era nueva, he visto guitarras más usadas en tiendas de música), tocando algunos acordes…
A ver, a mi me suele gustar casi cualquier expresión artística (normalmente el problema suele estar en lo que algunos califican como arte). A veces en la calle se llegan a escuchar verdaderas genialidades, pero de ahí a apuntarse a un curso de guitarra por correspondencia y practicar en la calle… Vaya, que eso no se hace. El chaval estaba sentado delante de una terraza de un bar de esos pa’ turistas (sobre todo por la clavada que te meten por un simple café) Un sitio fabuloso. La típica terraza de bar de cualquier ciudad, donde los que van a ver monumentos y cosas de esas se suelen sentar para descansar un poquito viendo un paisaje incomparable…
Bueno, puede ser que yo sea algo exigente en lo que a música se refiere, también puede ser que hacía calor y eso me pone con un poco de mal humor (no se me ocurre forma más fina de expresar mi estado de ánimo sin decir que tenía tal mala leche que le hubiese gruñido hasta a un buldog), o a la mejor era que andaba con un dolor de cabeza del quince, no se. Sólo recuerdo que de pronto la neurona empezó a pegar botes dentro de mi cabeza y no era capaz de pensar en nada que no fuera cómo hacerle tragar la guitarra al colega. Por suerte yo no estaba sentada en la terraza. Yo iba caminando y, mientras iba imaginándome como quedaría la figura del maromo con una guitarra entre pecho y espalda y, mentalmente, me iba limpiando la sangre que, lamentablemente, habría salpicado por todo… los turistas gritando como locos, algunos tapando la jarra de cerveza pa’que no les salpique dentro, otros sujetándome y llamándome trastornada, la poli acordonando la zona, catorce ambulancias llegando a socorrer al guitarrista, todo el tráfico de la ciudad colapsado (culpa de las catorce ambulancias, claro) Todo un pollo, vaya. Pues en esas que estaba la neurona cuando de pronto me di cuenta que ya estaba llegando a la parada del bus, el músico hacía un rato que lo había dejado atrás y ya no le escuchaba. Y ya no iba a volver p’atrás…
Fue un día en el que mi pereza salvó la vida de, quien sabe, a lo mejor un futuro Paco de Lucía o un Carlos Santana.
El calor, que es mu malo.
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