Era sábado por la mañana. Lo recuerdo perfectamente porque me desperté sin que tuviera que sonar ningún tipo de alarma. Claro que, ahora que ¿pienso?, igual era domingo o, ahora que acaba de pasar la Semana Santa, a lo mejor fue un día de fiesta. Casi mejor vuelvo a empezar.
Me desperté un día que no tenía que ir a currar. Como no tenía nada de prisa mis movimiento se volvieron catorce veces más lentos de lo habitual (cronómetro en mano). Como cada mañana, llegó el momento de lavarme el careto. Para quien no me conozca físicamente diré que yo no llevo gafas, es sólo que desde pequeña me plantaron sobre la nariz unos hierros que ponían delante de mis ojos sendos culos de botellas.
Como no tenía prisa, y ya no pienso volver a mencionar por qué, me dediqué a ponerme crema en la cara, pero nada de un churrito esparcido a toda leche, no. Me puse la crema de la cara dándome un señor masaje facial (¡y que bien suena eso de “masaje facial"!) y además podía mirarme al espejo. Vamos, que sólo me ponía crema, no estaba, a la vez, terminando de preparar el desayuno o haciendo la cama, ni hablar. Sólo me ponía crema, y me miraba al espejo.
Reconozco que, para la edad que tengo, tampoco estoy tan mal. Mucho meterme con los anuncios de cremas pero, parece ser que van haciendo su efecto, parece que en la cara no se me nota el envejecimiento tanto como en el resto del cuerpo ¿no? Ni tan mal...
Y fue un acto reflejo. Ni lo pensé. Igual es que hacia tanto tiempo que no me miraba al espejo que estaba tratando de reconocerme, para recordarme. Y lo hice. De pronto, y mientras seguía mirándome al espejo, me puse las gafas. Por favor, los que me conozcáis, olvidad el párrafo anterior. Gracias
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